Mientras las reservas brutas del Banco Central se desploman y el dólar futuro se dispara, el oficialismo insiste en un esquema cambiario insostenible. Las críticas internas y las advertencias de economistas como Bercovich y Cavallo revelan la fragilidad del plan económico.
En apenas cinco meses, el gobierno perdió US$10.000 millones de reservas. La corrida cambiaria, el pago de deuda y la falta de un plan claro exponen la inconsistencia de un modelo que prometió estabilidad y solo generó incertidumbre.
La ilusión de las reservas y la dura realidad
Cuando Javier Milei asumió la presidencia, una de sus banderas fue la «recuperación de las reservas». El blanqueo de capitales de fines de 2023 inyectó más de US$10.000 millones al Banco Central, llevando las reservas brutas a superar los US$35.000 millones. Era un espejismo. Hoy, ese colchón se redujo a apenas US$25.000 millones, y la sangría no se detiene.
¿Qué pasó en el medio? La respuesta es una combinación de mala praxis, pagos insostenibles a organismos internacionales y una fuga de capitales que el gobierno no pudo —o no quiso— frenar. Solo en marzo, el BCRA vendió más de US$700 millones en el mercado para contener una corrida que ya es innegable. Mientras tanto, Luis Caputo, el ministro de Economía, sigue repitiendo el mantra de que «no hay pesos para correr al dólar», ignorando que las empresas acumulan reservas en pesos por más de US$21.000 millones, listas para saltar a divisas ante cualquier señal de crisis.
Las advertencias ignoradas: Cavallo y Bercovich
Domingo Cavallo, el exministro de Economía que Milei alguna vez elogió como «el mejor de la historia», lanzó un diagnóstico lapidario: «El gobierno debe explicar cómo hará la transición a un mercado libre de cambios, porque el esquema actual es insostenible». No es una crítica desde la oposición, sino desde el propio núcleo duro del liberalismo económico.
Alejandro Bercovich, en su editorial, va más allá: «El Banco Central está vendiendo dólares que no tiene». Las reservas netas, según metodología del FMI, ya están en terreno negativo (-US$10.000 millones). Es decir, cada dólar que el BCRA inyecta al mercado para sostener el tipo de cambio oficial podría estar saliendo directamente de los depósitos de los ahorristas. ¿Es esto un blindaje o un suicidio financiero?
El FMI, otra vez el salvavidas de hierro
Ante el descalabro, el gobierno corre detrás de un nuevo desembolso del Fondo Monetario Internacional. Caputo negocia un adelanto del 40% del próximo préstamo (unos US$8.000 millones), pero incluso ese monto sería un parche temporal. La historia se repite: Argentina ya firmó 22 acuerdos con el FMI, todos terminaron en default o ajuste brutal.
Lo irónico es que, mientras Milei y Caputo prometen «liberar el mercado», dependen de un organismo que históricamente impone condiciones recesivas. Como señala Bercovich, «el FMI no está para salvar a Argentina, sino para asegurar que siga pagando». Y en el medio, la ciudadanía paga el costo con tarifazos, caída del consumo y un dólar que, tarde o temprano, explotará.
La gran estafa: las empresas que se adelantaron a la devaluación
En medio de la crisis, hay un dato que el oficialismo no quiere mirar: las grandes corporaciones ya se están cubriendo. En febrero, el sector de telecomunicaciones compró más de US$1.100 millones en el mercado oficial. La coincidencia con la compra de Telefónica por parte del Grupo Clarín (operación valuada en US$1.245 millones) es demasiado evidente.
¿Permitió el BCRA que un oligopolio acceda a dólares subsidiados mientras la clase media y los pequeños ahorristas son exprimidos? La pregunta no es retórica. Es la misma lógica que benefició a los grandes jugadores en cada crisis cambiaria de la historia argentina.
Conclusión: Un gobierno sin margen y sin credibilidad
Milei llegó al poder prometiendo «liquidar el populismo», pero su gobierno se parece cada vez más a los peores vicios del pasado: dependencia del FMI, fuga de capitales y un tipo de cambio ficticio que solo beneficia a unos pocos.
Las reservas se agotan, el dólar futuro anticipa una devaluación, y las empresas ya votan con los pies. Mientras tanto, el relato oficial insiste en culpar a «operadores desestabilizadores», como si la economía se gobernara con consignas y no con números.
La pregunta que queda flotando es: ¿Cuánto más podrá durar este esquema antes de que estalle por los aires? La historia sugiere que, cuando el FMI y los mercados pierden la paciencia, el ajuste siempre lo terminan pagando los mismos.
Deja una respuesta